Si no ayudamos, no somos humanos.
Hay una frase que impacta vidas, una frase que, expresada desde el corazón, transmite interés, disponibilidad, empatía, compasión, ausencia de juicio, identificación, amor…
La frase es: «¿En qué te puedo ayudar?».

¿Cuándo fue la última vez que la pronunciaste (si es que lo has hecho)? ¿Fue sincera o ritualista? ¿Deseada o simulada? ¿A quién fue dirigida? ¿Qué efecto produjo en el oyente?
El egoísmo erosiona esta frase, la dinamita con la idea de que antes están mis dientes que mis parientes. El egoísmo nos engaña y desvirtúa la realidad. Nos miente sugiriendo que no tenemos nada que aportar al prójimo. Nos recuerda el estado de nuestra maltrecha cuenta bancaria, nuestros achaques o nuestros propios agobios («bastante tengo con lo que tengo como para tratar de ayudar a otros»).
Pero la verdad muestra otra realidad, la verdadera realidad; tenemos mucho para dar, y es más que dinero, que lo material.
Una palabra de aliento; una visión fresca de lo que una persona hundida puede llegar a alcanzar si aparta su mirada del suelo; abrazos a quien solo recibe tortazos; un café caliente en una gélida madrugada; una disposición a escuchar a quien no recibe atención; una mirada tierna a los invisibles que deambulan por nuestras calles.
Sí, todos deberíamos preguntar: «¿En qué te puedo ayudar?». De no hacerlo, estaremos tan condenados a morir como aquellos que se sienten morir. Ellos perecerán por falta de ayuda; nosotros, por falta de interés o, dicho de otro modo: ¡por exceso de egoísmo!
Ese egoísmo que nos devora lentamente y, sin apenas notarlo, nos arrastra a la muerte, que no es otra cosa que una vida sin sentido.
Foto de la cabecera Tolu Akinyemi 🇳🇬 en Unsplash
