Relaciones humanas

Que las malas relaciones existen resulta evidente; que arruinan los mejores instantes de la vida, también. Aunque nadie desea experimentar una mala relación, lo cierto es que son muy comunes. Si la mayoría de las personas desean disfrutar la vida y llevarse bien con sus prójimos, ¿por qué se dan tantas discusiones, divisiones y dolor?

Aunque existen varias razones, una de las principales es que no saben cómo relacionarse. Son demasiadas las personas que no han aprendido a llevarse bien consigo mismas, es decir, no saben gestionar sus emociones y pensamientos. Y si a duras penas logran administrar lo concerniente a sus propias vidas, ¿cómo gestionarán sabiamente sus relaciones? Por otro lado, aumenta la población herida, y, como enseña John Maxwell: «La gente herida hiere a otros».

Más gente doliente, más gente hiriente.

No dejamos a un lado la relevancia de la tecnología. El auge de los Smartphones (teléfonos inteligentes) facilita las comunicaciones técnicas, pero su mal uso puede dificultar las afectivas. ¡La era de la comunicación será recordada por la escasa comunicación!

Relaciones humanas y bienestar

Algunos estudios revelan que la felicidad guarda relación con el hecho de llevarse bien con otros. La verdadera felicidad traspasa las posesiones y apunta a las relaciones. Pero la cultura y educación recibidas ejercen gran influencia, tanto en las acciones que se toman como en las reacciones que se adoptan; en lo que hacemos y en lo que hacemos con lo que nos hacen. Las relaciones se construyen o destruyen por medio de acciones y reacciones.

Otro problema es que nos relacionamos siguiendo patrones de conducta aprendidos o heredados sin apenas cuestionar su eficacia. Mucha gente actúa por imitación —obrando como la mayoría— o dejándose llevar por impulsos tan normalizados como desacertados.

Declaraciones como «ojo por ojo, diente por diente»; «el que me la hace me la paga»; «perdono, pero no olvido», y otras semejantes, llegaron para quedarse. El deseo de venganza, la ira o el rencor están a la orden del día. Aunque el resentimiento y la venganza se anuncian como productos balsámicos, son, en realidad, venenos lentos en su ingestión, pero eficaces en su actuación.

Tanto ofensores como ofendidos difícilmente hallan el camino hacia la reconciliación. El peso de la cultura, la educación recibida de los padres u otros factores ambientales, hacen que las buenas relaciones se deterioren a pasos agigantados. Incluso dentro de las congregaciones religiosas, lugares donde los principios internos deberían anteponerse a los valores externos, las malas relaciones campan a sus anchas. Algunas hasta se han enquistado. No son pocos los dirigentes que emplean gran parte de su tiempo, recursos y energías, en restaurar relaciones deterioradas. Muchos líderes parecen bomberos, apagando fuegos y controlando la temperatura ambiente. Cuando han logrado sofocar un incendio, un pirómano prende otro. La reactividad se impone a la proactividad.

Pero hay lugar para la esperanza, pues el mal puede revertirse por medio de la transformación genuina del corazón. Aunque a veces nos despistemos apuntando a factores externos, la chispa que prende el fuego de los conflictos se origina en el interior del ser humano. Bien lo sabía Jesús cuando afirmó: «Pero lo que sale de la boca, del corazón sale; y esto contamina al hombre. Porque del corazón salen los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los hurtos, los falsos testimonios, las blasfemias» (Mateo 15:18-19 RVR1960).

No pueden darse buenas relaciones con malos corazones, así como un mal árbol no puede dar buenos frutos. Un mundo embaucado por las apariencias descuida el valor de lo interno. Nos seducen tanto las hojas que hemos desatendido las raíces. Por esta razón, cuando soplan los vientos huracanados los afectos humanos acaban derribados.

Cabe desarrollar una labor reeducadora, y este libro persigue tal propósito: transmitir principios y enseñanzas que faciliten las relaciones. Con todo, debemos añadir que no siempre será posible llevarse bien con todas las personas. Factores como la maldad del ser humano o la influencia de agentes espirituales malignos (créase en ellos o no), dificultarán o imposibilitarán unas relaciones saludables y fluidas.

Tomado del libro Jesús y las relaciones humanas, de Miguel Ángel Acebal