La excusa es el «pensamiento feliz» del mediocre.
Estudiando psicología de la conducción descubrí lo ingeniosos que podemos llegar a ser a la hora de evadir nuestras responsabilidades. A continuación, te asombrarás con las excusas —tan increíbles como reales—, que algunos conductores implicados en accidentes de tráfico esgrimieron ante sus respectivas compañías de seguros. ¡Cuánto me hubiera gustado ver las caras de aseguradores y asegurados!
«El accidente se produjo porque yo tenía un ojo en el camión de enfrente, un ojo en el peatón y otro en el coche de atrás».
«El peatón no sabía en qué dirección correr, así que le pasé por encima».
«No pensé que el límite de velocidad también se aplicaba por la noche».
«Hice sonar el claxon, pero no funcionó porque me lo habían robado».
«Choqué con un camión estacionado que venía en dirección contraria».
«Llevaba cuarenta años conduciendo cuando me dormí al volante».
«Choqué con una farola que ocultaban unos seres humanos».
«Atropellé a un hombre. Él admitió que fue por culpa suya, dado que ya le habían atropellado antes».
«El accidente lo provoqué yo al saludar al hombre que había atropellado la semana anterior».
«El poste de teléfonos se acercaba. Yo estaba intentando evitarlo cuando me golpeé con él de lleno».
«Un coche invisible surgió de la nada, chocó conmigo y desapareció».
Sorprendente, ¿verdad? ¿Quién no ha empleado un pretexto, original o copiado?
¿Qué excusas empleas habitualmente para eludir tu responsabilidad?
Imagino que, desde el cielo, Dios habrá exclamado en más de una ocasión: «Vaya con estos, ¡menudos pretextos!».
